El mundo que desapareció de los cuerpos
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El mundo que desapareció de los cuerpos

Una colaboración de Óscar Schinca.

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del yo cibernético. A este fantasma nos confronta El mundo que desapareció de los cuerpos, el nuevo proyecto escénico de Teatro Desde la Grieta.

Esta pieza se presenta como un descenso a los infiernos, con un único personaje que es el espectador mismo. Una liebre roja la hace de Virgilio y nos lleva por etapas a ver un reflejo de nuestro infierno cotidiano, a caso lo que se ve desde el otro lado del espejo negro. Cada uno de los círculos nos lleva más profundo dentro de la alienación del individuo ultratecnologizado.

Los teléfonos en esta obra están permitidos, es una de las primeras indicaciones que nos dan los performers, y quizás la que más se queda contigo a lo largo de la pieza, pues el uso de estos hace que la confrontación sea todavía más profunda: grabando, tomando fotos, creando insta-stories, el espectador se vuelve espectáculo y hay cierta belleza en ver lo representado a través de la pequeñísima pantalla de uno de los espectadores.

La pieza es interdisciplinaria, móvil, pues se basa en la intervención del espacio y se apoya en el videoarte que explora la estética del glitch que también sirve como metáfora visual del yo cibernético al punto de la abyección. Al mismo tiempo es una coreografía sombría y rica en simbolismos que, aunque complejos, resultan fáciles de digerir e internalizar.

Dividido en siete cuadros o momentos, el montaje hila una narrativa de deconstrucción que alcanza su clímax en la muerte del yo cibernético y deshumanizado. El texto es experimentado por medio de una mezcla sonora que combina confesiones rutinarias que devienen en lúcidas reflexiones en torno al individuo tecnodependiente, con ensayos entorno al tema de la hipermodernidad cibernética y el yo posthumano; llega al asistente por medio de unos audífonos, un tremendo acierto, pues se crea en el espectador la ilusión de estar asistiendo a una experiencia personal, cuando en realidad está experimentando un suceso colectivo, al mismo tiempo que aísla al espectador del grupo.

La primera parte nos confronta a nuestra rutina de consumo, esclavitud capitalista y el letargo cibernético autoimpuesto, en un momento histórico donde la relación más íntima del individuo es la de este con su teléfono. En el segundo cuadro nos damos de bruces contra nuestra adicción al espectáculo: un cuadro lyncheano donde dos actrices deformadas bailan frenéticamente, hasta el punto en que el espectador está aterrado y cansado de verlo, tanto como ellas de bailarlo. Se convierte en algo doloroso de ver, pero así es el showbiz y seguimos viendo y ellas siguen bailando. Cuando la maquinaria del espectáculo se detiene y las actrices pierden su deformación, quedan con el maquillaje estropeado, como víctimas de un abuso. Una de las metáforas más sólidas de la obra, sin duda. 

Lo siguiente es descubrirse a uno mismo en aquel otro mundo, reconocerse en el simulacro cibernético como un simio ante un espejo. Nos presentan las redes sociales como una especie de otredad inversa, yo soy yo y el otro me tiene sin cuidado. Mientras esto pasa, el texto nos habla del poderío de la máquina inteligente, su ascenso al poder, su bondad y su terror.

El quinto cuadro es la  muerte del individuo hipertecnologizado, tras ver la singularidad, una cara real, los habitantes del infierno reconocen la soledad de sus aparatos. Atendemos al emotivo funeral del alienado tecnológico que se desembaraza de su persona digital y se acurruca a morir abrazado a ella. Antes de salir del infierno vemos a quienes siguen allí, enamorados de sí mismos y esclavos de circuitos. Luego una coreografía que habla de los encuentros humanos, fugaces, mientras el texto nos hace pensar en la distancia insondable entre dos pantallas de teléfono; quedamos con la idea del contacto humano como único medio de redención.

Al final, cuando ya han recobrado su humanidad, vemos grabaciones confesionales en tiempo real, emotivas, que quedan flotando en las pantallas de sus celulares una vez que los performers se han ido.

El mundo que desapareció de los cuerpos es una reflexión lucidísima y no menos pesimista en torno a la alienación cibernética, una pieza que, por una hora y fracción, nos confronta con la parte de nosotros que intentamos no ver, la cara que nos mira desde el espejo negro cuando el teléfono se bloquea.

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