Jill en su cielo con diamantes
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Jill en su cielo con diamantes

Entre burocracia, secretismo y romance, la artista neoyorquina Jill Magid nos cuenta la historia de cómo transformó en diamante al arquitecto más importante de México en su documental ‘The Proposal’.

El pasado domingo 31 de marzo la gira de documentales Ambulante exhibió The Proposal, un trabajo de la artista conceptual neoyorquina Jill Magid sobre su obra más polémica y relevante en México: la exposición Una carta siempre llega a su destino. Los archivos Barragán, elogiada y ampliamente criticada por contar con un anillo de diamante azul de 2.02 quilates, hecho con las cenizas del arquitecto tapatío Luis Barragán Morfín.

The Proposal cuenta la historia de una artista enamorada, que luchando contra todo el peso del capitalismo salvaje, logra convencer a la familia de su difunto amado para exhumar sus restos y presentárselos como regalo a una tercera en discordia (Federica Zanco) con el motivo de recuperar para el pueblo de México una serie de documentos que la acercarán más a esa alma gemela que trágicamente el destino separó aún antes de nacer.

Es Magid, la autora y protagonista de esta historia, quien a través de sentimentales citas epistolares con Zanco, entrevistas y una clara conciencia de su estigma en la opinión pública mexicana, nos lleva de la mano por este cuento de hadas en el que la pasión y el romance se desbordan a través de analogías y silogismos poéticos que concilian los obstáculos que enfrenta su propuesta, con el impulso ciego de realizarla.

La realidad es que para muchos de los que vivimos el proceso de Magid a través de los tabloides de una prensa horrorosamente conservadora, testimonios de artistas, arquitectos y diversos líderes de opinión, así como declaraciones de los involucrados, la cosa se asemejaba más a Cuna de Lobos, que a The Notebook. Y es que estamos lejos de contar con una historia sencilla.

En 1988 fallece Luis Barragán sin dejar descendencia (numerosos rumores lo señalan como homosexual), dejando a su paso un fenomenal y extenso archivo profesional en manos de su socio y amigo, Raúl Ferrera Torres, quien envuelto en problemas legales comenzados años antes de la muerte del arquitecto (concernientes a los derechos de autor de sus obras), se suicida en 1992, dejando el archivo en manos de su viuda, Rosario Uranga.

Rosario falla en su intento de encontrar un comprador mexicano y finalmente consigue venderlo por tres millones de dólares al magnate de muebles suizo, Rolf Fehlbaum, cuya prometida (Federica Zanco) es otra obsesionada con la obra de Barragán; recibe el acervo como regalo de compromiso, registra el nombre de Luis Barragan (sin acento), crea la Barragan Foundation y termina por ostentar la totalidad de sus derechos de autor (sin ser poseedores de una sola de las edificaciones).

Los años pasan y la esperanza de ver el acervo abierto al público disminuye poco a poco. En algún punto de su carrera, una artista neoyorquina con cierta fama para “infiltrarse” en instituciones, se obsesiona con el autor de las Torres de Satélite, lo que da inicio a una larga relación epistolar con Zanco con el objetivo de acercarse al archivo para “explorar su obra”. Luego de múltiples negativas por parte de la Barragan Foundation, la artista comienza a elucubrar un plan que la lleva a hospedarse en la Casa Estudio Barragán de la CDMX a través de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán, un organismo homónimo al suizo, fundado por el arquitecto Ignacio Díaz Morales con parte de la herencia monetaria de Barragán.

Es quizás esta suerte de “respaldo” institucional lo que la lleva a acercarse con los familiares del famoso arquitecto para presentarles la iniciativa de fabricar un anillo de diamante de compromiso, bajo la lógica de que un regalo de compromiso sólo puede intercambiarse por otro. El plan es sencillo (e irreal): cambiar el anillo por el archivo.

Una vez desatado el pandemonio mediático entre finales del 2016 y 2017, comienzan una serie de dimes y diretes entre ambas fundaciones Barragá/an, la Secretaría de Cultura de Jalisco, miembros de la familia Barragán (que no fueron invitados a la presentación de la propuesta) y hasta Luis Villoro (porque por qué no), acabando en absolutamente nada y dejándonos a todos más confundidos que al principio.

Y es entonces cuando muchas cuestiones importantes sobre la pertinencia del debate empiezan a quedar regadas por el camino que traza la opinión pública, pues, lejos de centrarse en temas tan relevantes como el estado actual de las leyes de derechos de autor, o incluso la relevancia misma de la obra de Barragán, la discusión ha sido deliberadamente llevada al terreno de lo grotesco y lo correcto. La profanación de un cuerpo en nombre de aquel extraño y enemigo ente conocido como “arte contemporáneo”.

A lo largo del documental escuchamos a Magid predicar toda especie de odas a la memoria de Luis Barragán, pero resulta difícil comulgar con su fascinación (a ratos sensual) cuando no se nos presenta ninguna pista de cuál es el verdadero motivo de su obsesión. Como si en vez de haberse dejado seducir por su obra, lo que mueve a Magid es un culto a la figura del artista sumamente influenciado por sus propios intereses creativos.

El documental se nos revela como una pieza meticulosamente planeada en la que vemos escenas clave de esta trama mediática que se empezó a fraguar hace más de dos décadas. Desde la exhumación de los restos en la Rotonda de los Jalisciences Ilustres, hasta el momento mismo de la entrega del diamante a Zanco (misma que por supuesto rechaza).

Resulta poco claro qué habrá prometido Jill Magid para que una tradicional dinastía tapatía haya aceptado profanar la tumba de su miembro más ilustre, logrando exponerlos ante el escrutinio público. Lo que es más evidente (incluso antes de saber que la misma Magid ha declarado su intención de ella misma convertirse en diamante a su fallecimiento y el hecho de que la obra, al ser exclusivamente un objeto de intercambio para Zanco, no vaya a ser vendida a nadie más) es que la pieza, incluso a pesar de no estar propiamente valuada, es paradójicamente invaluable.

También es interesante pensar en cómo a pesar de ser una obra que en esencia habla de una pequeña mujer soñadora contra todo un aparato capitalista, termine siendo tan rentable (la exposición terminó costándole poco más de un millón de pesos al MUAC en 2017). Lejos de hablar del polémico uso de materia humana como material de cambio, ver a esta mujer extremadamente hábil en las artes de la negociación y el dominio institucional de su medio (incluso poniendo en jaque a más de una institución mexicana, famosas por su inescrutable burocracia) ofreciéndole poemas físicos a una académica seria y extremadamente celosa de su colección, es un espectáculo digno de nuestra era.

Algo que, a pesar de las miles de personas en México y el mundo que han visto la exposición, no se ha logrado, es volver a apuntar los reflectores a la obra y legado de Barragán. A estas alturas, y con todas las cuestiones que este acto dejó en el aire, no queda más que preguntarnos si ahora la historia de Barragán está irremediablemente prensada a la de Magid. Como aquellas instituciones paralelas que llevan un mismo nombre y un origen completamente distinto.

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