Finaliza la temporada de ‘Perla’ en Teatro Experimental
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Finaliza la temporada de ‘Perla’ en Teatro Experimental

El pasado fin de semana finalizó la primera temporada de “Perla” en el Teatro Experimental de Guadalajara, una obra escrita por José Lira y dirigida por Moisés Orozco.

Ante la inminente llegada del #MeToo a instituciones y gremios del país, muchos hemos tenido que prestar atención al urgente grito de desesperación de seres humanos devastados por una autonomía prometida, pero nunca cumplida.

Con el paso de los años la tolerancia hacia las expresiones y actos de control sistemático hacia el inventado “sexo débil” no ha hecho más que bajar ante la opinión pública (al menos por parte de ciertos sectores, ya más visibilizados que antes) y, sin embargo, nunca parece ser suficiente.

La violencia cíclica, rapaz y perpetua ha encontrado un nicho sin igual en las artes vivas y la literatura, algunas veces a manera de señalamiento y otras tantas a manera de atracción. Sin profundizar en la dificultad de trazar esta línea con claridad, lo que parece ser obvio es este morbo mismo por señalar y disfrutar de la caída de personajes moralmente reprochables.

Perla (Paola Moncal) es una empleada de limpieza de un edificio corporativo que con anterioridad había conocido como su hogar y que ahora se ha transformado en su espacio de trabajo. Don Andrés (Jesús Hernández), viejo gruñón y jocoso, compañero de trabajo de Perla, la acompaña en su día a día y aporta el componente humano de su jornada.

Se abre el telón y a través de las sombras, Perla huye de un jefe de seguridad (César Gascón) empeñado en una carrera por estrujar cada centímetro púdico de su cuerpo; expresión lujuriosa del único rasgo distinguible de su personalidad: el placer por ejercer su poder sobre el personal de limpieza.

Uno a uno, personajes arquetípicos de la marginalización mexicana (el supervisor prepotente, los señores de la limpieza, un pelado y un homosexual amanerado interpretado por José Jaime Argote) desfilan por el escenario enfatizando su vulnerabilidad, así como su capacidad para violentar.

El mensaje de la obra, de tan claro, se vuelve obvio, y es esta misma obviedad lo que condiciona a la narrativa a llenar los huecos dejados por el tema tan abierto del proyecto.

Gozando de trazos dinámicos y una iluminación clara, institucional y panóptica, Perla es una obra entretenida, pero indistinguible. Sus méritos técnicos la hacen merecedora del aplauso, pero sus ambiciones de denuncia terminan por difuminarse ante la falta de una historia memorable.

Su fuerza radica en lo disfrutable de sus personajes y las dinámicas entre estos, destacando a Gitano (personaje pícaro, barrio y peligroso interpretado por Cristian Lira) y su relación con Don Andrés. Cuestión que termina resaltando la bidimensionalidad del villano principal y un (tal vez) inconsciente e injusto trato hacia la razón de ser del personaje homónimo de la obra.

En Perla, este personaje se nos presenta como protagonista al principio y al final de la historia (coincidentemente, las dos escenas más fuertes y de mayor impacto visual), pero su ausencia durante el grueso de la trama termina por cimentar su papel de dispositivo sentimental para el público, dejando paso al verdadero protagonista, Don Andrés, generando así una verdadera disonancia estructural pues contamos con dos protagonistas inacabados; la primera con un arco acabado, pero no desarrollado y el segundo con un desarrollo, pero sin arco. Al final, conocemos el principio y fin de la historia de Perla sin llegar a conocerla y conocemos muy bien a Don Andrés sin percibir cambio alguno en su personaje luego de los dramáticos sucesos de la historia.

A un nivel ético (dimensión ineludible para una pieza como ésta), quizás lo más cuestionable sea el trágico final de Perla, catárquico y condenado a la tragedia. Es ella, único personaje moralmente intachable (en parte por su ausencia), quien termina por recibir la injusta patada del destino.

Visualmente impecable y desgarrador, el final de Perla se convierte en un espectáculo morboso que sólo deja espacio a su revictimización y compadecimiento, enemigos mortales de la auténtica justicia social.

Es por demás comprensible que la violencia figure como uno de los principales ejes temáticos del teatro contemporáneo y es loable la calidad técnica y rítmica a través de las cuales, obras como Perla, tratan de invitar a la reflexión. No obstante, si el mensaje de una obra se resume a “la violencia es mala”, el encontrar nuevas y creativas formas de presentar el problema debe de ser prioritario, pues de lo contrario corremos el riesgo de terminar como otra ínfima voz perdida entre el ruido y la rabia del reclamo social.

Fotografías de Emmanuel ‘Manny’ Moreno para Sombra Emergente

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