El ‘sisifísmo’ de Viaje de Tres
Artes Escénicas Teatro

El ‘sisifísmo’ de Viaje de Tres

Dentro del marco del 4to Aniversario de Foro Periplo, la multipremiada obra de Jorge Fábregas nos recuerda la futilidad de nuestros esfuerzos humanos, pero nos reafirma nuestra humanidad a través de los fracasos.

Cuando tenía 13 años hice un viaje a Ocotlán (¿o Poncitlán?) a conocer el “Foco Tonal”. Fue una aventura rural que comenzó un domingo a las 7 de la mañana en la Central Vieja de Guadalajara, junto a un amigo, cuatro sandwiches y un litro de tepache. Fue el primer viaje que realicé “solo” fuera de la ciudad. Para esa misma noche que regresamos a Guadalajara, cobré cierta consciencia de lo que significa tener qué arreglártelas tú mismo entre caminos de terracería, insectos, casas de lámina y charlatanes mágicos en medio de la nada.

Viaje de Tres es una obra dirigida por Luis Manuel El Mosco Aguilar, ganadora de tres premios durante la Muestra Estatal de Jalisco 2013 (Mejor Obra, Mejor Dramaturgia para Jorge Fábregas y Mejor Actor para Mauricio Cedeño en su papel de “Emilio”) y del Premio Nacional de Dramaturgia 2008. La historia trata de tres compañeros de viaje; Don Yayo, un enfermo terminal interpretado por Jesús Hernández, su enfermera Irma (Lucía Cortés) y su hijo, el ya mencionado Emilio, quienes emprenden un viaje hasta un pueblo perdido entre la nada con el objetivo de visitar a un Chamán (jocosamente interpretado por Eduardo Villalpando) para que lo cure, si no físicamente, al menos de manera espiritual.

Algo curioso que sucede cuando viajas (y más aún si no lo has hecho demasiado), es que adquieres una consciencia muy peculiar de ti mismo. Ya no eres el tú al que estás acostumbrado, sino que eres tú en relación al espacio y las personas por conocer (aún si a las personas con las que viajas ya las conocías de antes). Cuando cambias el escenario, cambias las reglas del juego social. Es un cliché común el pensar que cuando viajas es cuando verdaderamente conoces a la gente, sin embargo, existe verdad en cuanto al aislamiento de ciertos rasgos de la personalidad de las personas, que solo se ven manifiestos (y amplificados) ante determinadas situaciones, lo cual también altera la sensación de tu estar, ser y participar en las dinámicas de un grupo.

En un clásico escenario mosquense, luces bajas frontales y laterales; cálidas, resaltan las muchas arrugas, montículos y desniveles de un cajón de arena, en donde los personajes se encuentran sentados en sillas de madera delante de un viejo televisor de cajón: un hipertexto con imágenes que rompen la configuración del espacio, como la ventana de un camión a través de la cual podemos ver el paisaje por el que transitamos, pero del cual no somos totalmente parte. Las estrías que producen las sillas al arrastrarse causan una impresión de restringida temporalidad (supeditadas a un espacio determinado; la tierra), mientras que los gránulos se adhieren a los vestuarios y utilería, dando la impresión de una realidad calurosa, seca y esteparia que refleja el paisaje interno y externo de los personajes.

A través de un ritmo que sabe cuándo estallar y cuándo atenuarse, comenzamos a comprender la historia de estos tres viajeros que de buenas o de malas, dejan la comodidad de su hogar para emprender un viaje que el espectador más atento reconocerá como fallido desde su inicio.

Si al principio pensamos que la trama nos contará una historia de fanatismo y decepción, podemos correr el riesgo de cegarnos ante la propuesta ideológica de la pieza: un sisifísmo que reluce a través de las luchas internas de los personajes. En una obra que fundamentalmente habla de gente rota y su eventual falla al tratar de redimirse, el personaje de Irma, la enfermera, sirve como un brillante faro a la hora de enfocarse en la relación de Don Yayo y Emilio; un padre que ha perdido la esperanza en su hijo desde mucho antes de enfermar y un hijo resentido que nunca aprendió a comunicarse con nadie.

Diez años después de aquel viaje a Ocotlán (¿o a Poncitlán?), recuerdo lo defraudado que me sentí una vez que me dirigí hacia el centro de ese cuasi-altar junto a un sui generis castillo en donde se supone que gracias a la magia de un agujero de gusano o portal dimensional, puedes escuchar tu propio eco al hablar, y cuando vi una gran estrella de David en el suelo, mientras un sujeto llamado Venus nos explicaba la magia de los duendes (¿?) y mis sandwiches se bañaban de tepache por una tapa defectuosa, decidí que yo ya sólo quería llegar a mi casa.

Al final de la obra, una vez que los personajes han terminado sus asuntos con el Chamán, tienes la impresión de haber escuchado un poco de todos aquellos problemas que nos afligen a los homo sapiens sapiens: la aceptación o negación de la muerte, la culpa cristiana sobre la sexualidad, los traumas infantiles, la reafirmación del ser por la aceptación ajena, la paternidad, la fraternidad, los celos, el miedo, la esperanza, la reconciliación.

Pareciera que cada escena está cargada con dos o tres de estos ejes temáticos, al grado en el que te preguntas, “y bueno, entonces, ¿de qué trata todo esto?”.

En 1982 José Agustín escribía que la vida era mala literatura dentro de las páginas de esa gran novela sobre la reinvención de nosotros mismos lejos de casa llamada Ciudades Desiertas. Tanto en aquella novela, como en Viaje de Tres, como en la vida real, nunca existe tal transformación definitiva. Seguimos aterrizando en los mismos sitios que nos vieron crecer y que no nos permiten olvidarlo. La literatura y el teatro, siendo lo que son, nos exigen un cierre y es por eso, que por ínfimo que esto sea, el objetivo de una narración de viaje (y sí, me baso en el monomito de Campbell) es el de la resurrección. Aún así sea en un pequeño destello de luz que nos brinde la ‘oportunidad’ de un nuevo comienzo. Aquí Viaje de Tres no falla, pero tampoco es complaciente y nos reafirma en que no están ahí para responder preguntas, si no para plantearlas. Entonces, y como siempre, es mucho más importante todo aquello que no vemos en escena, que lo que presenciamos.

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