Varieté: el circo se lleva en las entrañas
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Varieté: el circo se lleva en las entrañas

Texto de: Michel Axel

¿Qué es una Varieté? Este sábado diez de noviembre fui a un show de circo y salí con el pecho inflado de dicha, pero queriendo que todo el desierto hubiera asistido, o por lo menos todos mis conocidos, para que fueran igual de felices que yo; pero como no fue así (además era cupo limitado) se me ocurre que narrándolo puedo ‘desinflar’ un poco el pecho a manera de catarsis y modo de decir “de lo que se perdieron”, pero también decir “que se repita”.

Casa Andamios siempre ha sido un espacio que me hace pensar en el realismo mágico y en que cuando hay ganas siempre se puede. Con todo lo que simbolizan esas paredes moradas (esfuerzo, evolución, trabajo, pasión) no se me ocurre un mejor escenario para lo que vi este sábado. Digamos que todo pasó como tenía que pasar.

Al cinco para las seis la fila comenzó a moverse y, para llegar al patio, había que pasar por taquilla, palomitas, la icónica chimenea, por ahí unos calzones tendidos a manera de decoración y seguir derecho por la tira de luces, así como en el cine, pero mejor porque aquí fue al aire libre.

Nos sentamos en una banca, ya sonrientes, emocionadas como quien se escapa del afuera para ir al circo, para entrar a los mundos posibles. Los niños hasta el frente, sobre fomis de colores, todos en friega. La maestra de ceremonias preparaba también su número, la del gathering en tramoya, el de taquilla ahora ponía las luces, todos nos saludábamos.

Ésta es una comunidad pequeña que busca hacerse grande: la compañera de danza aérea sentada al lado, el maestro de telas en el sonido, el compañero de trabajo de batucadas echando porras por allá, frente a mí las únicas morras en el teléfono: me fijo y resulta que observan una coreografía de baile. El espacio y el ambiente era en sí una cápsula de tiempo muy bonita.

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El show empezó con toda la energía de Silvia Maytorena que se distribuyó por toda la Casa. Hula por supuesto. Primeras porque había que correr a cambiarse para presentar a los camaradas.

Entre una proyección que nos mandaba de viaje y mezclas en el sonido, nos habló con el cuerpo sobre el tiempo, la ciudad monstruo que oprime y engulle y nos liberó al final con sus aros: la revolución se hará con arte, imaginé que susurraba.

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Ya bien emocionados chiflando y aplaudiendo salen Klear & Karina a un escenario que las esperaba con dos faldas de cancán y una barra de ballet improvisada. Luego vimos clown, malabar con pelotas, con clavas, danza clásica y tanto carisma como pueda entrarnos por los ojos.

Uno creería que no están actuando, que más bien actúan cuando del mundo real se trata, pero que ahí sonriendo, jugando, son quien son.

Pensé eso y se me hizo un nudo en la garganta, a saber si por hipersensible o por reacción natural ante lo auténtico. Hasta entonces me abstuve de sacar el celular para, ya saben, no romper esa cápsula, pero luego aquello era tan bonito que quise quedarme con una parte para llevar, y para acompañar esta nota que decidí hacer en ese momento. Cuarenta era el cupo límite y quizá con este texto otros cinco más -lectores- puedan imaginárselo.

Seis performances en total, ocho artistas, todos con una personalidad diferente, un estilo particular desarrollado durante años de trabajo, algunos con una década ya de trayectoria y evolución, todos pasando por igual por aquellos festivales malabareros hechos de puro esfuerzo y trabajo en equipo como todos los demás foros de circo que vinieron después, como el varieté del sábado.

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Ojalá hubiera durado más tiempo. Pero digo esto por mera gula, porque a decir verdad quedé satisfecha, quedamos todos. Lo que siguió fue el ya característico floor hooping de Alicia Salguero,que parece inventado por ella misma, fusionando la academia y la calle, la danza contemporánea, aquel semáforo y el suelo para crear movimiento consciente con la parte lúdica del hooping.

(Si todo esto le interesa puede buscarla porque ya imparte formalmente este arte. Y bueno, una técnica de olimpiadas.)

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Para no hacerles el cuento largo (ni modo, hubieran ido) aquello fue lo multidisciplinario en su esplendor. Ningún artista de los que ahí se congregaron se conforma con dominar una sola cosa de lo que las escénicas ofrece, más bien fusionan todo lo que aman y conocen y a partir de ahí crean.

De ahí que siguió Ramón, también El padrino, y Pablito Dinamita: el máster del clown. Contó historias con la libertad de interpretación que deja el silencio, nos dijo que no hay que temerle al ridículo porque nos hace humanos y se fue haciendo contact, es decir: magia.

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Cerrando la noche llegó Héctor Flores con su cargamento de balones de fut que no le cabe en las dos manos pero ¿qué tal cuando las avienta al cielo y las hace bailar?, si no me creen vayan al semáforo del Rodríguez para que se queden boquiabiertos.

Y por últimas, porque todo lo bueno se acaba, no nos fuimos sin ver acrobacia a cargo de La Rana en la Hamaca, hoy compañía de teatro que ojalá hayan conocido en las Fiestas del Pitic. Iris y Bryan, que se mueven tan bonito en las telas de colores, nos mantuvieron en suspenso ahora en suelo con cada movimiento. De fondo: música y gritos de consigna de mujeres marchantes, de mensaje:

La mujer es fuerte, no sólo puede cargar con sus brazos a un hombre que dobla su peso, puede comerse el mundo.

Qué más puedo decir, uno sentía la necesidad de moverse viendo todo aquello, daba comezón estar quieto, por eso a lo mejor aplaudimos hasta con los pies. Esa fue la Varieté, la utopía: otros mundos posibles.

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Fotografías de Zulema Campoy

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