¡A la mierda el mundo!: Guadalajara y la profesionalización del entretenimiento
Teatro

¡A la mierda el mundo!: Guadalajara y la profesionalización del entretenimiento

Desde hace pocos años han empezado a surgir diferentes propuestas privadas de formación profesional en las artes escénicas y el entretenimiento, hoy, esas primeras generaciones están egresando y encontrándose con la fuerte realidad de ser un creativo en México.

El pasado martes 29 de mayo la primera generación de actores del Instituto de Artes Escénicas INART presentó su trabajo de titulación en el Teatro Experimental de Jalisco: el ciclo ¡A la mierda el mundo!: Ariel y Generación Lemmings, una producción dirigida por su maestro Copatzin Borbón, con textos de los también egresados y actores, Leonel Jiménez y Giselle Signoret (respectivamente).

Este par de obras, que a su vez, fueron producidas entre la comunidad estudiantil, docente y administrativa de INART han sido el primer trabajo público de los intérpretes, quienes se encargaron de abarrotar el teatro con amigos y familiares para mostrarles lo que sus cuatro años de estudios escénicos les han enseñado en materia de dramaturgia, iluminación, producción, vestuario, difusión e interpretación.

Las obras en cuestión son piezas de mediana duración que reflejan la edad y la psique de sus creadores con comentarios, temas y recursos que apelaron a la capacidad de la juventud de fabricarse sus propios mitos y realidades del mundo. El título del ciclo cumplió con lo prometido al mostrarnos una visión desangelada y emocional de lo que significa crecer en un entorno dañino para la expresión juvenil: Ariel, que nos cuenta cómo siete individuos se enamoran de una misma persona y Generación Lemmings, la historia de siete adolescentes que planifican la transmisión por redes sociales de su suicidio colectivo.

La manera tan personal en la que los egresados representan a sus personajes parece contarnos, quizás por accidente, una meta historia de su mismo proceso como alumnos. En Ariel, los personajes discuten y compiten entre sí para obtener la atención de su objeto de deseo; cada uno de ellos ha idealizado hasta la aberración a un individuo que, sin más, se dedica a seguir su vida completamente indiferente de los anhelos de los personajes y en Generación Lemmings, la desolación adolescente de sentirse único y a la vez masa; diferente, pero igual a todos los demás, lleva a los personajes a encontrarse con la única aparente salida de quitarse la vida, eso sí, en conjunto; con sus amigos.

Actos solitarios, pero colectivos. Diferencias que prometen llevar a los individuos fuera de la norma, sólo para situarlos en otra norma, quizás menos conocida, pero no menos asfixiante. En Ariel, los personajes acaban aceptando su rechazo en colectividad y en Generación Lemmings, en realidad nadie quiere suicidarse, solo pretenden lidiar con la depresión realizando un acto que los reafirme como seres libres, al menos frente a los ojos de sus amigos (y de sus seguidores virtuales). ¿Acaso esto nos dice algo de las motivaciones que pueden tener los jóvenes tapatíos para dedicarse al espectáculo?

De forma muy similar, el pasado sábado 2 de junio el Centro de Estudios Cinematográficos CEC presentó en el Teatro Diana con bombo y platillo (y alfombra roja y premiación), un largometraje llamado Páramo, trabajado entre alumnos y profesores de esa institución. Minutos antes de esta primera exhibición pública en Guadalajara, (la primera fue hace un año en San Gabriel, Jalisco, donde rodó), se presentaron los Premios CEC por y para los alumnos, muchos de ellos egresados de la primera generación 2013 – 2016 y como en las mejores galas, se presentaron pequeños clips de los cortometrajes concursantes, seguidos de pequeños clips de los creadores en los cuales relatan la experiencia de haber estudiado en el CEC.

Su servidor no puede dejar de realizar un símil entre las expresiones, anhelos y perspectivas del medio en el que se desenvuelven unos y otros productores (escénicos o cineastas), más aún habiéndose graduado él mismo de una de las pocas licenciaturas en gestión cultural del país. La forma en la que nuestra generación se está apropiando de a poco de la escena cultural de la ciudad, acompañada ahora de elementos del sector privado en lugar de aquellas clásicas y sacrosantas instituciones dinosaurio del 82 A.F. (Antes de Fox), puede parecer muy esperanzador y disruptivo, hasta que recordamos que seguimos jugando bajo sus reglas y que su proyecto de formación se retroalimenta de las mismas estructuras bajo las cuales éstos elementos nuevos fueron educados.

Es excelente que esta nueva época traiga consigo nuevos proyectos de formación para un mercado abarrotado de creativos. Si lo vemos desde un punto de vista económico, es sólo una oferta respondiendo a una demanda y no hay nada de malo con eso, pero es pertinente preguntarnos cómo esto va a afectar a largo plazo a la política cultural de la ciudad. Eventos como el del martes 29 y el sábado 2 tienen éxito porque son eventos eventuales (si me permiten el pleonasmo); el público de ambas funciones se nutrió de los familiares y amigos de los participantes, mismos que dejarán de ir a la segunda, tercera o cuarta edición, una vez que haya pasado la novedad de ver a Juanito sobre el escenario y Juanito quedará varado, con un ramo de flores cada vez más raquítico y un aplauso apenas perceptible.

Mientras nos preocupamos por perseguir nuestros sueños de estrellato y protagonismo, las viejas estructuras se van ocupando por individuos que centraron el camino de su formación tratando de ignorar a aquellas personas que dirigen las políticas públicas que norman el uso del suelo de nuestros foros. Estas ofertas de educación privada proponen una alternativa a la formación institucional más apegada a los círculos de poder en la vida pública de la cultura tapatía, pero a la vez concentran el discurso en la producción de contenido que responda a la oferta de la UdG, la Lic. en Artes del Cabañas o el CEDART y no en la transformación política de esta vida pública cultural, quizás algo aún más urgente.

Cuando leo “¡A la mierda el mundo!” y escucho a una nueva generación de actores terriblemente preocupada por su futuro como creativos e individuos que ahora pertenecen a la “escena”, me es imposible no resonar y vibrar a su misma frecuencia; pero, también me hace arquear una ceja: si todos los independientes (lo que sea que eso signifique, a mí me gusta pensar que quiere decir “no estatalizados”) nos mandamos a la mierda, de pronto vamos a encontrarnos con que el “mucha suerte” se convertirá en el nuevo “chinga tu madre”.

¡Mucha mierda para todos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *