Un Changarro de Historias

De selfies en diciembre

Columnista: Elías Leonardo

Me he descubierto incapaz para ser la persona con la cualidad de interrumpir buenos momentos en una fiesta o reunión con la petición de “foto, foto” con su móvil para que quede testimonio de ese suceso mediante una selfie.

Lo supe en este mes diciembre, época del año en que abundan posadas y pachangas. El pretexto de reunirnos para desearnos buena vibra y pasarla bien es válido, a mí me gusta, sin duda. Lo que disgusta es que no falta el individuo que como cuervo acecha el instante oportuno para hacerse notar con su invitación a todos los presentes para que se paren detrás de su espalda y sonrían hacía su teléfono.

Cada vez que veo a alguien así acercándose a mesa o rincón donde esté acompañado antes de culminar 2017, me siento Steve McQueen rogándole a Ali MacGraw en La huida emprender la fuga. Por un lado, cuesta creer que dedique tiempo a esa especie de ritual absurdo que consiste en alterar charla, brindis o beso por obligada presunción a la imagen en redes sociales; se irrumpe lo ameno por lo rutinario. Por el otro, se genera angustia por no saber cómo reaccionar ante un ente así para no perder la cortesía negándote sin desplante de por medio a su interés, sobre todo para que no termines tú como el amargado.

Tal estrés puede causarte que no logres escapar, como tampoco disimular lo incómodo que apareces en la foto en caso de haber cedido ante tu ineptitud de ser grosero con esa persona a la que posiblemente ni conoces. Pero el estrés es mayor si ofrendas parte de tu tranquilidad o diversión por permanecer atento de que no se aproxime a ti.

Díganme cuál es la necesidad de sufrir así.

Por si acaso, agradezco no ser esa persona y así no propiciarle sufrimiento a alguien como yo. ¡Qué alivio!

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