Un Changarro de Historias

Al que madruga, Marco Antonio Solís le canta

Columnista: Elías Leonardo

He cumplido tres semanas despertándome a las siete de la mañana por el ruido que producen los martillazos en el patio o techo de la casa. Es horario nada habitual para que mis ojos se abran, pero Pachi llega temprano a trabajar y no pierde segundos en tirar piedra, así que me obliga a levantarme de la cama con ojeras del tipo La Pantera Rosa.

Mientras preparo mi café, quince minutos después de estar de pie, Marco Antonio Solís retumba al exterior con la canción O me voy o te vas. La rola se repite una y otra vez hasta las nueve. Ah, es que Pachi trae consigo una peculiar bocina pintada de color rojo a la que colocó dos mecates para colgársela como mochila conectada al playlist de su aparato móvil, por lo que puede ir de un lado a otro con la música a sus espaldas.

Pachi es albañil, el más joven de la construcción. Tiene 21 años de edad. Muy risueño él. Es el más noble y menos maleado del resto de sus compañeros; curtidos ellos. Pero lleva casi veinte días torturándose con Marco Antonio Solís, tortura que de paso me incluye sin deberla ni temerla.

Un momento, aguarden, hasta ahora reparo en la situación.

Servido mi café, cojo mi taza y salgo a buscarlo para preguntarle acerca de lo que considero un curioso ritual de su parte al laborar.

-No, no, no, ojalá fuera un ritual, pero…

– Pero, ¿qué?

-Elías, oiga, ¿alguna vez le ha roto el corazón una mujer?

Pachi fue abandonado, según lo que cuenta, porque “siempre serás albañil, un hombre sin futuro que ofrecer”. Ella se marchó dejándole una nota sobre la mesa para expresarle su motivo.

-Sí, Pachi, sí me han roto el corazón.

-Se siente horrible, ¿verdad?

-Demasiado.

Conversamos, conversamos y conversamos. Irrumpimos en cuanto aparecen maestro de obra y demás albañiles. En ningún instante de la charla insultó o habló mal de la mujer que describe el sentimiento que lo tiene preso con O me voy o te vas.

La bocina pintada de color rojo vuelve a la acción. Se extiende por treinta minutos, tiempo que le he quitado al Pachi para charlar. Para trabajar y sufrir cada segundo se repone, así que en este caso escuchar a Marco Antonio Solís es la cuenta por pagar.

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