Un Changarro de Historias

Me gustó quererte en septiembre

Columnista: Elías Leonardo

“Recogiste los libros de otro tiempo, el que fuiste hace mucho ante esas páginas”
Juan Villoro, Con el puño en alto

Fue hasta el 21 de septiembre cuando pude comunicarme contigo.

Te sorprendió mi llamada. Contrario a la seguridad que posees para mantenerte serena en todo momento frente a cualquier situación, tartamudeaste. Tardaste unos segundos trastabillándote con la lengua para poder hilar tres palabras continuas. Debo confesar que nunca te había sentido tan contenta por escucharme como aquella tarde de las horas catárticas en todo México tras lo sucedido el día 19 del mes mencionado.

Y es que, al ver imágenes sobre los daños registrados en tu zona de trabajo, así como en los lugares que sueles frecuentar, pensé en ti. Era inevitable no hacerlo. Traté de contactarte sin fortuna durante dos días.

– ¡Sólo dime que estás bien! -, te pedí apenas después del “¿bueno?”.

-Estoy bien-, me complaciste.

Toda vez que te supe viva, agradeciéndote por estarlo, me dispuse a colgar, sin embargo, interrumpiste mi intención preguntándome con sumo interés si podías hacer algo por mí respecto a mi familia en la Ciudad de México. Te respondí que valoraba el gesto, pero mis seres queridos se encontraban sanos y salvos.

Entonces comenzaste a llorar cobijándote en ese rasgo tan tuyo de enmudecer y procurar el silencio para esconder tu fragilidad conmigo. Tal como cuando decidí despedirme de ti con un adiós que hasta la fecha conlleva mi firme determinación de no volvernos a ver, a reserva de lo que dicte el destino, un diablo/santo que se ha empeñado en separarnos y juntarnos de las maneras más inverosímiles en los instantes más complejos.

– ¿Volveré a saber de ti? Extraño leerte, te extraño-, pronunciaste con voz apaciguada, una voz que me remontó a la mañana en que te dolió sincerarte para decirme que entre tú y yo no había un porvenir juntos, que debía hacerme a un lado.

-Conoces los sitios en que escribo, allí podrás leerme-, reviré antes de despedirme.

Colgamos obligados porque había llegado tu pareja, bueno, eso argumentaste. Desconozco cómo sea la relación entre ustedes, pero oí con claridad que me esgrimiste “hasta luego” como una ilusión por aguardar una próxima llamada de mi parte para reconstruir algo que tú misma derrumbaste tiempo atrás.

Esperaste una siguiente llamada.

La efectué.

Pero la hice en completo estado de ebriedad para expresarte una serie de barbaridades sin sentido con el único objetivo de decepcionarte como individuo y así tus lágrimas se convirtieran en tinta que firmara una distancia más en nuestra historia. Eres tan inteligente que comprendes lo hice a propósito, por eso fue que me mentaste la madre con una carcajada que también necesitabas desahogar.

Aun así, entre nuestros escombros y derrumbes, en la reconstrucción de lo que somos, convencido estoy de algo: aquel 21 de septiembre colgamos con el puño en alto. Pese a que nos dieron calambres, nos mantuvimos de pie; cada uno en su trinchera, cada uno con su nudo en la garganta.

Fue agradable, por no decir fabuloso, quererte en septiembre.

Es un placer escribírtelo aquí, no sé si me leas.

El puño sigue en alto.

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