Un Changarro de Historias

Vuelo directo

Columnista: Elías Leonardo

Le avisan que tiene visitas. Le preguntan si está dispuesta a recibir una persona que argumenta venir desde muy lejos para verle y que quiere confirmar por sus propios ojos que está fuera de peligro, una persona que recién aterrizó hace cuarenta minutos en el aeropuerto de la ciudad y de inmediato se trasladó hasta este hospital.

Gracias a la puerta semiabierta logro escuchar que pronuncia “sí, que pase”.

“Pase, por favor”, me indica desde adentro la enfermera que procura sus cuidados en el turno vespertino.

Con paso sereno ingreso al cuarto.

Le observo postrada en la cama vestida con una bata blanca que le cubre hasta las piernas, con heridas enmarcadas con vendoletes en su rostro (específicamente en cejas y pómulos), con su pierna izquierda enyesada y su mano derecha vendada.

Su cabello negro y lacio, tan largo como lo recuerdo, suelto. Su sonrisa, ahora sin maquillaje que adorne la faz para hacerla relucir tan colorida, se preserva genuina pese a la falta de labial.

Al parecer le ha agradado mi visita.

Jalo una silla que está pegada a la ventana. Me siento junto a ella para tomarle su mano izquierda, es decir la que no está lastimada, para confesarle que en el avión ni unos pinches cacahuates me regalaron, pues ahora hasta el respiro te cobran.

Quiere reírse, quiere llorar.

Abro la mochila que traigo como único equipaje. Saco un libro de Haruki Murakami (su autor consentido), una botella de whisky (su trago favorito) y unos aretes púrpuras con forma de perla. Coloco mis obsequios encima de un mueble que funge como mesa para alimentos.

Empieza a llorar.

-No, no llores. Tampoco te mortifiques por saber cómo me enteré. Aquí lo vital es que estás viva y te vas a recuperar. Tus familiares me obsequiaron su horario de visita para estar aquí contigo.

Su mano izquierda aprieta con fuerza mi mano izquierda.

Bromeo con ella acerca de sus dificultades para hablar, pues tuvo ese problema cuando fuimos pareja. Vaya que lo sé. Fue un motivo de nuestra ruptura, de nuestro adiós.

Tocan a la puerta.

Es la enfermera, quien avisa que debe irrumpir la visita porque es momento de cirugía; ella requiere de otra operación en la pierna después del choque automovilístico que sufrió.

Nos soltamos las manos. Me inclino hacia ella para darle un beso en la frente, para susurrarle que no me iré hasta que me chinguen mis compañeros en la oficina por alguna urgencia. Se ríe; mis urgencias laborales la sacaban de quicio, por lo que armaba unos mitotes dignos de dolor de cabeza.

Pide que me aproxime a sus labios.

“Te ves horrible rasurado. Si vas a esperar, déjate la barba, por favor”, me dice.

“Okey, aguantaré hasta que me pagues la barbería”, respondo. Sonreímos mutuamente. ¡Cómo le encabronaba verme sin afeitar!

Se la llevan a quirófano.

Mientras los cirujanos se mueven para actuar en beneficio de su pierna, me dirijo hacia el área de terapia intensiva, allí donde su marido se discute entre la vida y la muerte.  “Si no hubiera pisado el acelerador, no estaría así”, me comenta un médico.

Aquí esperaré hasta que me crezca de nuevo la barba. Eso parece.

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