Un Changarro de Historias

El hostal de los prófugos

Columnista: Elías Leonardo

Se postró desesperada en la recepción para exigir el trabajo.

-Me urge, ¡lo necesito! Comprende, vengo huyendo.

El propietario del hostal ni siquiera se alarmó, ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. Desde que lo inauguró, los interesados en ocupar la vacante de recepcionista argumentan lo mismo. Un argumento, por cierto, cargado de completa honestidad. Hombres y mujeres llegan al lugar con la premura de mantenerse ocupados, no tanto por generar ingresos.

-Me valen la paga y el horario, dame el trabajo. ¡Por favor!

Para contratar a los prófugos, el propietario no les pide solicitud o referencias. Confía en ellos, sabe que son duraderos y comprometidos. Tampoco les cuestiona de qué o por qué huyen, pues conoce la respuesta, aunque sea dicha con diferentes tonos.

El turno más demandando es el nocturno. Es por las noches cuando se piensa y se siente menos porque hay que apaciguar con voz amable a los borrachos, porque se prestan oídos a los aventureros que mueren por compartir sus experiencias, porque se aprende un idioma nuevo con el extranjero amante del insomnio, porque se disfruta el trago escondido entre un cigarro y palabras que apenas se entienden.

-Gracias, muchas gracias.

Contenta se fue la chica porque al día siguiente comenzó a laborar, porque al día siguiente inició el proceso de borrar paulatinamente el concepto de prófuga en su andar.

Retirando la cortina que cubre la pared donde está trazado el enorme árbol de la vida que mandó dibujar en cuanto construyó el hostal, el propietario inscribió el nombre de su nueva empleada en una de las ramas. Un nombre más para el árbol que crece y crece liberando a los que huyen presos del llanto y la amargura, de la tristeza y la culpa.

A la vez, con base en el tiempo que mide un reloj de arena colocado en la azotea, se van desdibujando los corazones rotos pintados en bardas del hostal que ocultan una próxima huida.

En apariencia el hostal es para los viajeros, pero en realidad es albergue para los prófugos, o bien una emergente y benévola clínica de desintoxicación del alma donde además al recepcionista se le paga por dejar atrás el pasado y vivir el presente.

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