Un Changarro de Historias

Ronquidos para decir adiós

Columnista: Elías Leonardo

Escuchó el fuerte ruido que hizo la puerta al abrir y cerrar. Fue entonces que se despertó y se levantó de la cama para cerciorarse qué pasaba. Poniéndose bata y pantuflas salió de la recámara con el cuidado de no afectar el sueño de su pareja, un tipo que roncaba con esmero.

Apenas encendió la luz del pasillo, se alumbró también el comedor. De inmediato vio a un hombre apuesto y elegante tomándose un whisky de pie junto a la mesa.

-Perdón, ya sé que es de mala educación servirse solo en una casa ajena, pero no pude evitar el antojo. ¡Es un Blue Label!-, dijo él.

-¿Quién es usted?-, preguntó ella.

Vestido con traje de corte italiano color azul marino, camisa blanca y corbata negra, sin bigote ni barba, con cabello corto castaño bien peinado de lado, el hombre dio un sorbo a su vaso para después sonreír ligeramente.

-No te asustes, mujer. De hecho, nos conocemos desde hace mucho tiempo.

Por supuesto ella creyó estar frente a un loco o un ladrón peculiar, sin embargo, él se encargó de impedir cualquier reacción de pánico cuando comenzó a caminar con calma por toda la sala para describirle con lujo de detalle momentos en que siempre estuvo presente: universidad, primer empleo, dejar la casa materna, etcétera.

Impresionada por las verdades que retumbaban en sus oídos, ella tomó asiento. Con la mirada enfocada en los ojos del hombre, sin titubear, le preguntó quién era y qué hacía en su casa.

-¿Te sirvo un whisky, mujer?

-No, gracias.

-Ay, mujer, mujer. He estado contigo a lo largo de casi toda tu vida, sobre todo, y no me dejarás mentir, cuando me llama tu corazón. ¡Como hoy! Llevas noches buscándome, pero hoy lo hiciste con más insistencia. Por eso estoy aquí.

-¿Acaso eres el diablo?

-Ja, no, no, tranquila. Bueno, hay gente que cree que lo soy. ¿Por qué? Porque, según, me manifiesto con maldad para arruinarles sus planes.

-No entiendo.

-Otra vez vine por ti.

Fue en ese instante que él decidió presentarse con su nombre.

-Soy Miedo. En este caso, tu Miedo.

-¿Mi Miedo?

-Si, tu Miedo. Obsérvame bien. ¿Acaso no me parezco a ti? Visto bien, hablo con cierta formalidad y disfruto de un buen trago.

-Mencionaste que esta noche te busqué con insistencia. ¿Por qué lo dijiste?

-Porque es una realidad. Después de tener sexo con tu pareja, te fuiste al baño para llorar. Me hablaste frente al espejo confesándome que no quieres continuar a su lado por mi culpa. Me reprochaste ser tan duro contigo, no obstante solicitaste con urgencia mi presencia para pronunciar adiós.

Ella endureció el rostro.

Miedo le acarició con dulzura la mejilla. De igual forma le sirvió un whisky.

Acercándose a ella y tomándole la mano, Miedo cuestionó con sincera gentileza si era necesario volver a abordar el auto para marcharse juntos.

-Mujer, hoy me materialicé para ti porque quiero que esto cambie. Sí, me fascina estar contigo, pero a la vez me canso. Piénsalo, lo nuestro se ha hecho rutina, y lo que sientes por el roncador que está en la cama es una reinvención en tu andar.

-Okey, Miedo, tú lo decidiste.

Ella se dirigió hacia su recámara para darle un beso en la frente a su pareja, quien roncaba como si fuera una competencia de ladridos.

-¿Qué haces?

-Ven.

Invitó a Miedo para contemplar al roncador. Lo hicieron durante una hora.

-Es el personaje principal de esta historia.

-Totalmente de acuerdo.

-Pero es hora de irnos otra vez.

Ella se fue con bata y pantuflas como únicas prendas en su equipaje. Miedo, con muecas de descontento y decepción, manejó hasta que amaneció.

El roncador tuvo que rehacer su vida luego de lo que concibió como una pesadilla.

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