Un Changarro de Historias

La breve historia de Leonardo (Jueguito de mentiras)

Columnista: Elías Leonardo

En un pequeño local alquilado, apenas digno de rentarse, reunidos como si se tratara de cualquier junta de adictos anónimos a lo que sea, cinco jóvenes y Leonardo están sentados en círculo sobre sillas de plástico. Es la primera vez que él acude con este grupo llamado Mitómanos en Recuperación, por lo que está nervioso y se frota las manos. Como es nuevo es el primero en hablar.

Comienza a contar su historia.

-Mi nombre es Leonardo y estoy aquí porque por fin me atreví a aceptar mi enfermedad, mi adicción. Tuve que vivir algo muy desagradable para reconocer que… que no podía seguir así.

Así fue como sucedió

Ansioso y desesperado, Elías observaba su reloj. Se tranquilizó cuando vio que Leonardo apareció doblando en una de las esquinas, sin embargo, volvió a alarmarse al apreciar asustado a su amigo.

-¿Qué pasa?

-Cállate. No voltees, me vienen siguiendo. Así que caminemos rápido.

Elías le hizo caso. Ambos emprendieron marcha con prisa en dirección contraria a la que apareció Leonardo.

Después de dos calles recorridas, Leonardo volteó y miró a la mujer vestida de novia que lo seguía; ella portaba un taladro en la mano derecha.

-No mames. Corramos, ahí viene.

-¿Quién viene? ¿Qué pasa?

-No voltees y corre. ¡Corre!

Corrieron hasta perderse en una calle muy transitada para después ingresar a un templo con el propósito de descansar y tomar aire.

-¿Se puede saber quién nos sigue?

-No lo sé. Es una vieja con vestido de novia que me viene siguiendo desde que salí de la casa. Está loca, trae un taladro.

-Pero, ¿quién es o qué?

-Te digo que no lo sé.

-¿Y no es más fácil que le hablemos a la policía?

-Buena idea.

Leonardo sacó su teléfono y mientras marcaba se dio cuenta de que la mujer con vestido de novia los encontró para perseguirlos nuevamente. Amenazante, ella lo señaló con el taladro.

-¡Puta madre! Ahí viene. ¡Corre!

-No veo a nadie.

-¡Corre!

Para luego es tarde corrieron, corrieron y corrieron. Agotados, retornaron a la calle donde se encontraron.

-Leonardo, yo ya me cansé y la verdad tengo miedo. ¡Y volvimos al mismo lugar, cabrón!

-Debí habértelo dicho antes. Esa mujer lleva varios días hablándome por teléfono y diciéndome que me va a matar.

-Bueno, ¿tú estás pendejo o qué? ¿Por qué no la denunciaste?

-No creí que se atreviera, pensé que era broma.

De repente, Leonardo observó a la distancia que la mujer vestida de novia se aproximaba con el taladro en todo lo alto.

-¡Corre! ¡Ahí viene otra vez!

Leonardo no volteó y se echaron a correr. Antes de arribar a la esquina, Elías se resbaló y cayó al suelo. A unos metros, Leonardo lo apuró a que se incorporara con velocidad porque la mujer se acercaba.

En el suelo, con el corazón acelerado, casi resignándose a un paro cardiaco motivado por el susto, Elías se tomó unos segundos para esperar y ver a su perseguidora, pero no vio a nadie. Cuando intentó voltear hacia Leonardo miró los tacones blancos de una mujer. Sintió la mano de la dama sobre su hombro y escuchó su voz preguntándole si estaba bien.

Sugestionado, espantado ya, Elías creyó que era la mujer vestida de novia con taladro y se levantó como alma que lleva el diablo para cruzar la calle sin fijarse.

Tanto Leonardo y la dama gritaron de horror tras apreciar el impacto del automóvil que culminó con el cuerpo ensangrentado de Elías tirado en el asfalto.

Mitómanos en Recuperación

Dolido y entristecido, Leonardo termina de contar su historia. Los cinco jóvenes le prestan atención.

-Eso fue lo que pasó. Cuando supe que mi amigo quedó paralítico acepté mi enfermedad. Soy mitómano, me gusta mentir y mis mentiras costaron caro. Ya no quiero mentir. Quiero dejar de inventarme historias.

Aplauden su valentía por sincerarse.

Pero los aplausos se esfuman en cuanto una mujer con vestido de novia y un taladro en la mano derecha cruza la puerta saludándolos con un cortés “buenas tardes”.

Los cinco jóvenes y Leonardo se miran entre sí todos asustados. No lo piensan dos veces y huyen del lugar.

La mujer vestida de novia esboza una sonrisa maliciosa y guiña el ojo hacia usted lector recordándonos una cita del psicólogo austriaco Alfred Adler: “Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”.

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