Un Changarro de Historias

El fantasma idiota de las flores

Columnista: Elías Leonardo

Durante las últimas semanas he tenido que escuchar en vivo y vía telefónica a los amigos que padecen mal de amores. Como si se hubieran puesto de acuerdo, varios de ellos han sufrido rupturas al mismo tiempo.

Ya no hablamos como los jóvenes que fuimos sino como el intento de adultos que somos, o queremos ser. Digo “intento” porque todavía colocamos barreras para asumir responsabilidades de nuestros respectivos infortunios.

Antes lo más fácil era endilgar todas las culpas a la pareja en cuestión, sin embargo, ahora se torna difícil aceptar las fallas que nos competen para propiciar un dolor en el corazón ajeno y propio. “La verdad es que dejé de procurarla, la volví una costumbre. El problema no fue ella, fui yo al convertirla en un problema”, comparte uno de los lacerados.

Si me cuentan sus desgracias es porque me tienen confianza y porque saben que me gustan las historias, además de que, como cualquier otro individuo, conozco ciertos monstruos a los que se teme confrontar. Sus desgracias narradas contribuyen a despertar en mí la inquietud por tratar de darle batalla a un fantasma idiota que se ha interpuesto en mis andanzas.

Así que me dispongo a vencerle. Salgo de casa.

Lejos de mi barrio urbano y citadino, inmerso en un paraíso como Playa del Carmen, tremendo rincón del mundo donde los enamoramientos y suspiros están en cada esquina, envuelto en canas pero sin tener que lidiar con pensiones alimenticias o procesos legales por divorcios con tintes de lucha extrema, camino tal cual personaje de película dirigida por Wes Anderson hacia una florería. Quiero ver qué tipo de flores venden, cuál es su precio.

-¿Buscaba algo en especial? ¿Celebra una fecha importante? -, cuestiona la señora que atiende el negocio.

Sus preguntas me rompen el esquema. Estúpido, porque es el calificativo adecuado, estúpido, me quedo quieto sin saber qué responder. Lo único que se me ocurre en el momento es mirarla como Pagoda (personaje del filme Los excéntricos Tenenbaum), es decir como una cómica estatua humana.

Mientras tanto reparo en mi cabeza que soy de los hombres que no regalan flores, osos de peluche y cajas de chocolates. Pero enfoquémonos en las flores que es lo que nos tiene aquí. Puedo asegurarles que en realidad soy un tipo que prefiere el ingenio y la improvisación con lo que haya al alcance para poder darle un detalle a las damas, pero la verdad es que tuve grandes amores que coincidieron en su desprecio hacia las flores, aversión de la que me pasaron factura y la compré.

“Claro, eres como todos los hombres. Creen que con flores ya cae una, y no”. “Me cagan las flores, me cagan. Mi ex siempre me regalaba flores cuando iba y se tiraba a otra”. “Ni sé dónde las dejé. Seguro las olvidé en el taxi”. Sí, sí, de los patrones de conducta que motivan mi atracción ya me encargo, pero sigamos con el tema de las flores. En pocas palabras: me adjudiqué un trauma.

Años, no sé cuántos en específico, pero hartos años llevo sin regalar flores. Hasta me aterra la idea de hacerlo con un nuevo querer. En contraste, según lo que he podido atestiguar con el accionar de entes normales, las flores no son malas, no matan. Si he llegado a la florería es porque en el fondo aún mantengo firme el ordinario deseo de obsequiar un arreglo que sea correspondido con una sonrisa. Vaya, lo sencillo de la vida.

-No, no busco nada en especial. Tampoco celebro algo importante. Pero dígame, ¿cuál es la que más se vende? ¿Cuál le gusta a usted?, -respondo.

Me muestra un adorno con girasoles, no obstante, termino comprándole una rosa para sentir lo que conlleva adquirir sin cadenas una flor. Se la doy diciéndole que la acepte con gusto, que mucho me ayuda haciéndolo, que yo sé mi rollo. Sonríe, obvio, mirándome como se mira a un loco.

-Usted es raro. ¿Acaso está enamorado de una mujer del otro mundo o qué?

-Lo estuve.

-¿Pues qué pasó?

-Quiero pensar que me tardé en regalarle una flor a ese mundo.

-¿Por miedo?

-Por idiota.

Parto con alma ligera, como si la señora me hubiera quitado un bulto muy pesado, o mejor dicho al fantasma idiota de las flores que cargaba a mis espaldas, un fantasma que se queda con ella en el negocio para querer platicarle un sinfín de anécdotas que atestiguó del hombre que se ha ido.

La señora ni lo oye. De hecho ignora que está ahí. El fantasma, fantasma es, e idiota además.

Regreso a casa. Mis amigos aún necesitan desahogar más penas, ya sea en vivo o vía telefónica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *