Un Changarro de Historias

9. Fracaso, Juan Gabriel

#LaBandaSonoraDeMiVida
Me invita a echar un trago para ponernos al día en nuestras respectivas andanzas. Regresó al barrio después de varios años que se fue a probar suerte en tierras extrañas. Viene herido.
-Me dejó mi vieja.
-Espera, ¿tenías novia?
-Era mi esposa.
-¡¿Te casaste?!
-Sí, pero todo fue muy rápido y no quise decirle a nadie. Ahora que se fue, menos.
-¿Qué pasó?
-Soy un pinche fracaso, cabrón. Un rotundo fracaso. Mejor hablemos de otra cosa, tú no sabes cómo
son estos pedos. Ojalá fuera como tú.
-¿Como yo?
-Sí. Te tomas todo a la ligera, no sufres y ni vieja tienes.
Por muy amigos que seamos, a final de cuentas somos hombres que callamos el dolor en soledad, hombres que procuramos sanar la herida sin involucrar a nadie. En su caso por vergüenza a que le digan “fracasado”.
-El día que tú fracases…
-Ya fracasé.
-¡¿Qué?! ¿Tú? Ah, cabrón. ¿Pues de qué me he perdido?
Entonces le cuento.

Primera llamada

Aterricé en el aeropuerto de Ezeiza con la felicidad que embarga a cualquier persona que pisa suelo extranjero por vez primera en plan de turista. También lo hice llevando en el equipaje la falsa ilusión de reparar una relación rota desde tiempo atrás. Sabía que ya no se podía salvar, no obstante preferí engañarme para no aceptar la derrota.

Segunda llamada

Recorrí las inmediaciones del estadio Diego Armando Maradona, la cancha de Argentinos Juniors. Las calles aledañas carecían de señales de vida; abundaba el vacío en La Paternal. Traté de localizar a alguien para que me dijera si eso era normal, pero no encontré a nadie. Comencé a desesperarme, a engendrar una ansiedad avasallante sin indicio de calma. Estaba solo, me sentía solo.
Tuve ganas de gritar y no pude. Quise llorar y tampoco pude. No comprendía cómo era posible que estando frente a uno de los templos que alberga una de mis grandes pasiones, allí en un rincón de sueños para quienes somos devotos de una pelota, mi ser estuviera ausente de emociones festivas. Por el contrario, me aprisionaba un cuerpo petrificado que se devastaba en su interior. Imploré ayuda a no sé qué para moverme y tomar el camino hacia la casa que me hospedaba. “Ya no eres como antes, cambiaste. Ojalá vuelvas a ser tú”, me dijo una voz en mi cabeza. Al escucharla, corrí. Corrí, corrí y corrí.

Tercera llamada

Había sido un día de mucho caminar, estaba agotado. Lo mejor que podía hacer en esos momentos era dormir, así tampoco iba a dedicar tiempo de pensar en el remolino de inquietudes que se habían desprendido a lo largo del viaje.
El verano de Buenos Aires era abrumador, un calor insoportable. Sudaba a cántaros, era imposible cerrar los ojos y era urgente saciar la sed. Ya de noche, impedido para conciliar el sueño, me incorporé de la cama para ir a la cocina por un vaso con agua. En ese breve trayecto escuché y observé las sombras de dos cuerpos fusionados; ella y él. No se dieron cuenta que escuché y vi todo.
Me sorprendí con mi reacción: sin hacer ruido tomé mi cajetilla de cigarros y salí a deambular para fumar. Estaba enojado, muy enojado, pero no con ellos, sino conmigo mismo.
Al saberla con él sentí que una losa me era retirada de la espalda, como si las cadenas dejaran de aprisionarme. Si bien no era la forma idónea para despertar de mi letargo, sí fue la necesaria.
Llegué a hasta ese punto para darme cuenta de mi verdadero fracaso.

Se abre el telón

Retorné derrumbado a México, destrozado. Y no por el hecho de haber presenciado a la mujer que amaba en cama ajena. Realmente me aniquiló asumir consciencia de los años que perdí asumiendo una personalidad que no era la mía, una personalidad construida para evitar plantarle cara a mis temores y formar parte de un mundo distinto al mío. Una personalidad para no sentirme solo.
No le amé de la manera más sincera, por ende no la juzgo. Mi carácter auténtico lo habrá conocido en un 40 por ciento, pues el 60 por ciento restante estaba encapsulado. Lo reprimí como un pretexto para no volver a sufrir, para no perder lo que concebía como una relación madura basada en una enferma idealización del amor.
Llegué a su vida arrastrando el dolor de perder a un padre en circunstancias muy adversas, de perder a una compañera justo cuando mejor transitábamos juntos, de perder años atrás a un hijo que venía en camino. Ya no quería perder.
Me había fallado a mí mismo dejando de ser yo. Fracasé en mi intento por ser “alguien nuevo”, en forzar un romance que anidaba en la obsesión por cambiar a la otra persona, en una lucha por moldear la relación a la conveniencia del instante.
“Ya no eres como antes, cambiaste. Ojalá vuelvas a ser tú”. O lo hacía en ese momento o no lo haría nunca, así que decidí confrontarme y ponerle fin a los lastres que estorbaban en aras de retornar a la originalidad del tipo que fui y soy.
A ella no le guardo rencor. De hecho agradezco que haya aparecido en mi andar. Su lección motivó a quitarme una enorme venda de los ojos, a salir de una cárcel tormentosa que construí tras las acumulación de dolores.
Volví a ser yo.

Tenía razón Juanga

Mi amigo se queda pensativo. Reprocha que no le haya contado antes. Bebe rápidamente su copa, enciende un cigarro y coge las llaves de su coche.
-Creo que iremos a dar una vuelta.
-¿Qué quieres hacer?
-Lo que debí haber hecho desde hace mucho.
Primero vamos a una peluquería para que le hagan el corte de su agrado. Posteriormente lo acompaño a que se haga un tatuaje, uno que siempre deseó tener en el brazo.
-Estando con ella no podía hacerlo, me lo tenía prohibido porque le daba pena y no sé qué.
-¿Y ahora cómo te sientes?
-Cabrón, ¡mira qué tatuaje tan chingón!
Presumiendo su tatuaje, mostrándolo como señal de libertad, guía los pasos para reencontrarse con él
mismo.
-Oye, ¿y no te has vuelto a enamorar?
-Pues sí.
-¿Y luego?
-Esa es otra historia.
Enciende el carro y hace escuchar el estéreo con Mi fracaso, de Juan Gabriel. Se arranca.
-Vamos por otro trago, cabrón.
-¡Vamos!

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