Un Changarro de Historias

Regálame tus días, hermano mío

Como cada mes, desde hace dos años, Laurent acude a la oficina de correos ubicada en avenida 25 Norte, zona céntrica de Playa del Carmen. Su costumbre mensual consiste en enviar una carta y una postal referente a la Riviera Maya con destino a Marsella, Francia.
Allá en tierra del polémico Olympique campeón del ’93 es Mathieu quien aguarda con ansia el paquete enviado desde el Caribe mexicano. Se emociona demasiado con todo aquello que le cuenta Laurent, su hermano mayor, un hombre de 62 años que vino a radicar al estado de Quintana Roo para estar cerca de su hija y nieta.
Habitual en él, Laurent ha escrito una carta extensa que aborda la alegría causada por Lucile. Está que no cabe de contento por disfrutar a su pequeña nieta de cuatro años, así que le describe detalle por detalle cómo son los días junto a la nena. Ahora le comparte que recogerla en la escuela es un suceso extraordinario. Le narra excursiones familiares a zonas como Tulum, Cozumel o Puerto Morelos, o parques ecológicos como Xcaret.
Mes con mes, Mathieu recibe en casa carta y postal que no puede leer y ver porque es ciego. Es Sophie, su esposa, la encargada de prestarle ojos para sentir lo que cuenta Laurent, para construir en su pensamiento cómo son familiares, mares, sitios arqueológicos y riquezas naturales que se encuentran en la Riviera Maya.
Con la muerte de su esposa y partida de su hija hacia México, Laurent se convirtió en un ser amargado, enojado con su propia existencia. Todo le parecía mal, incluso sonreír. Prefería comer para engordar, beber para extraviarse en sí, quejarse hasta de dormir nomás por quejarse. Fue su hermano menor, Mathieu, su motivación a reinventarse.
“No seas tonto, Laurent. Vete a México. Acá sólo te quedan tristezas”, le dijo Mathieu cuando retornó a casa después de tres semanas en el hospital, después de asegurarse que perdió por completo la vista en el accidente automovilístico que sufrió.
En aquella ocasión, pese al poco lapso de tiempo para asimilar la ceguera e intentar ingresar al periodo de resignación, Mathieu fue más incisivo con su fraterno:
“Laurent, ¿recuerdas cuando estuviste en cama por meses porque te atropellaron y querías que fuera yo la persona que viniera a contarte lo que sucedía afuera? ¿Recuerdas? Yo cada día volvía del colegio con intención de contarte maravillas para que te recuperaras lo más pronto posible, no me importaba nada más. Quería ver a mi hermano mayor de pie. Hoy ya no podré verte, pero sí saberte. Ahora soy yo quien te pido me regales tus días, Laurent. Regálame tus días, hermano mío. No aquí, sino en México con tu hija y con la nieta que ni siquiera conoces, en un lugar al que tengo por confianza me harás abrazar como cercano”.
Inteligente, Laurent comprendió a la perfección la petición de su hermano.
Han pasado dos años desde que Laurent, mes tras mes, regala sus días a Mathieu. ¿Por qué hacerlo con cartas y postales en vez de utilizar tecnologías como Skype o correo electrónico? Porque el simple hecho de acariciar papel y pedazo de cartón significan conexión especial para Mathieu, un hombre ciego de 55 años que valora entusiasmo y tiempo que su hermano mayor dedica a escribir, pues en cada letra escrita Laurent es un hombre feliz, un hombre que volvió a nacer una vez más.
*Si usted considera que hace falta atención a una mujer aquí, tiene razón. Claro, me refiero a Sophie. No, no se preocupen por ella. En la última carta Laurent propone un viaje para que Sophie venga a Playa del Carmen con la encomienda de disfrutar, mientras que Mathieu tendrá de regalo los días de Laurent contados de viva voz por él, su hermano.