Crónicas Peatonales

De regreso, asociación a contrapelo

Crónicas Peatonales

Columnista: Ricardo Robles
Deambular calle abajo.
En sentido contrario al flujo
del deber y los pendientes
en una recobrada contramarea interna
un viaje a contrapelo
por el circuito de mis asociaciones.
A pie (Luigi Amara)
Fecha del paseo: 6 de enero 2006
Fecha de la publicación de las fotos: febrero 2013
Fecha de publicación de la crónica: marzo 2016
Lugar: Centro Histórico de Guadalajara
Hora: Buena (todavía)
Disposiciones:
Por alguna razón guardé esta historia, no sé cuál. A algunos les platiqué pedacitos.
Ya venía de regreso. Le había tomado foto a unos cocos, al don de las tortas cubanas, a los periquitos y sus casitas en el patio central del mercado de San Juan de Dios. Me prometí volver a tomar un video de una entrada-por-salida del mercado, otro día que tuviera espacio suficiente en la memoria de mi camarita, nomás traía 32MB y ya había tomado varias fotos. El rechinar de mis converse blanco nuevecitos me tenía más bien concentrado en mis pies.

 
 
Vi a la señora del canarito, el que adivina la suerte. Di dos rechinidos más y me di media vuelta, le tomé una foto, recobré el rumbo. Para abajo. A la derecha atisbo a un hombre acostado en el suelo, con los pies en el aire. Alto total. No me advierte. Saco cámara y en silencio le encuadro. Doy pasos patrás. Reinicio la caminata.
 
Llegando a Plaza Tapatía, el Quetzalcóatl que se erige a medias de la plancha de cemento me atrajo inmediatamente. Veo la punta, camino hacia ella. El rechinido me hace bajar la mirada. Ahí está él otra vez, tirado en la fuente seca, con las manos debajo de la nuca y sonriéndole al sol. Habla a carcajadas y menea las piernas cruzadas. Mira el monumento escultural de el-la Quetzalcóatl, sin plumas, a trazos rígidos, mínimos, sin detalle; moderna –de la modernidad de los 80´s perdidos. Su mirada está cautivada en la inmolación, donde cielo y tierra se tocan, horizonte. Posó para mí por largos segundos. Le vuelvo a encuadrar, hago otro intento, horizontal, vertical. Él recita algún tipo de poesía y ríe. Admira un mensaje quebrado, una mezcla que terminó por separarse, parece más bien grieta. Algo ve a través de ella. En ese instante descubro su puerta entreabierta, su puerta de cielo de madera agrietada de piedra. Esa es su puerta, no la mía. También me quedo ahí, contemplativo. Echo a andar de espaldas, me siento en una banca. Abro la toma, miro la completud de la escena hasta que advierto de que él ya no está ahí.
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De regreso a casa, al repasar mis fotografías lo vuelvo a encontrar. Apareció contrapelo, peinando el recuerdo, de bajada, en retrospectiva. 
 
 

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