Danza Teatro

Teatro Físico con carga Crítica: Esta Puta Nostalgia

Texto y fotos: Nidia Beltrán

El viernes 26 fue la primera de tres funciones que se presentarán de Esta Puta Nostalgia en el Foro LARVA, y con un lleno total demostró su peso en el teatro local.

Diez albañiles recibieron a más de cien personas dentro de un espacio oscuro, iluminado sólo por linternas de mano y un par de aparatos que sacaban chispas al encontrarse con metal. Con una ensordecedora cortina de ruido, los obreros iban de un lado a otro del foro, saltando tablas de madera y rodeando las gradas que se llenaban poco a poco. Lo único que hacía que el público no confundiera el espacio con una construcción real, y la distinguiera como la obra que iban a ver, era una guitarra eléctrica improvisada que apenas y resaltaba de todo el ruido que la rodeaba.

Poco a poco se fueron reuniendo los actores en escena, para detener una tabla de aprox. dos metros y uno a uno: escalarla, detenerse diez segundos en el borde de (quizás) cinco centímetros, vislumbrar el oscuro alrededor, y dejarse caer en los brazos de sus compañeros. El ejercicio robó respiraciones de la audiencia, que ya estaba sentada en el borde de su asiento intentando reconocer las siluetas de las personas al centro del oscuro foro.



Así fueron acostumbrado a los espectadores a la obra: familiarizándolos con las numerosas tablas de madera que se aventaban de uno a otro, las mismas que cargaban como si fueran tan ligeras como se ven. Por momentos, la utilería parecía superflua, sólo un medio para llevar a cabo números de acrobacia y danza; hasta que empezaron a construir una estructura real en la esquina del escenario. Los cuerpos se movían sin parar: sudaban y se agitaban a lo largo del piso -que se iba cubriendo de polvo-. 

Entre cuerpos y utensilios de construcción elevaron un edificio sin paredes de seis metros, primero usando sus cuerpos para soportar la estructura, y luego clavando y atornillando los trozos de madera. No quedaba claro si se estaba viendo una obra de teatro físico o si nos estábamos asomando por el enrejado de malla de una construcción verdadera.

Entre el trabajo, los obreros iban formando lazos, sin mucho tiempo que perder, resultaba casi necesario el confiar en los otros: así como el primer acto, de dejarse caer sabiendo que lo protegerían, Se cuidan entre ellos en aras de un progreso de la comunidad. 

La construcción era un ser viviente, otro actor en escena: el monstruo que crece, devora y descansa, sólo para repetirlo en un ciclo interminable. Crece en materialismo, en patrimonio comunal, en progreso industrial… Devora vidas, la energía de los hombres, la humanidad de los mismos… Y descansa sólo breves momentos en los que esos obreros terminan el trabajo del día, reponen energías sólo para comenzar de nuevo.

Las hazañas que presumimos como ciudad se reparten: las medallas de progreso y modernidad; pero el trabajo, las muertes, el sudor y la vergüenza las aislamos, las segregamos en ese universo paralelo: el agujero negro donde un terreno se convierte en un centro comercial, un edificio de oficinas, un estadio…



Volteo hacia arriba cuando paso abajo de un árbol, tengo palabras favoritas para pronunciar, leer y escribir. Me gusta la cultura callejera: la que se escucha en una conversación ajena, o en la mezcla de géneros de un músico local.

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