Crónicas Peatonales

Perder la urbanidad

Columnista: Ricardo Robles
Escurrirse sin prisa
hacia la ausencia.
Dejar atrás
el rostro complaciente de la urbe.
Abandonar de un salto
el terreno de cartón
la postal plastificada
del turista
A pie (Luigi Amara)
Lugar: Xalixco – Los Altos de Jalisco
Hora: 15:07 hrs
Condiciones ambientales: El viento aporrea las puertas y hace temblar las ventanas.
A unos doscientos metros pasa la carretera. Girando a la derecha, a otros doscientos está un entronque, otra entrada al campo. El camino invita. El sol pega recio y nomás por eso se aguanta el ventarrón gélido. Al dejar los cables de luz en la carretera, el cielo es impresionantemente limpio. La urbanidad se pierde sin los cables, entonces, se está en el campo, verdaderamente al despoblado.

Troto lo más fluido que puedo. La tierra es casi blanca, un toque apenas de rosa como la cantera. Unas partes duras y otras bofas. Sorprende el pisotón en el polvo que se riega como si fuera un charco de maicena. Terracería de un solo camino definido por madera de aserradero (los originales) o troncos (los que parecen haber remplazado a los más viejos), y alambre de púas. Bordean los nopales, los huizaches chaparros que siempre están protestando; toman su distancia, están juntos en la causa pero respetan su lugar, su espacio: saben que no se moverán de ahí nunca, por eso su reniego. Parecen estar estacados al suelo seco y tieso y se estiran con dramatismo a las alturas. De esos, muchos: multitud. Enero ha secado la hierba y de las flores solo queda el duro centro que se convierte en una bola espinosa, las momias del otoño. El rey triste es el mezquite se abre igual de espinoso pero frondoso, imponentemente bondadoso. Impasiblemente solitario le hace sombra a la nada.

El camino dobla y a cada curva se renueva. Cala el frío viento en la cara. Una finca de adobes abandonada. Los nopales ya le parasitan en lo que queda del techo. Algo que parecen porquerizas junto a la finca más grande. Vigas muy viejas en el suelo rodeadas de más naturaleza muerta. Estoy muy agitado y apenas he sudado. Camino. La mirada me levanta la cabeza. Gorrioncillo pecho amarillo. De atrás me viene una sombra ligera. Es una enorme ave de rapiña, no sé qué sea. Se ha dado cuenta que bajé el ritmo. Descansa en el viento, nomás se acomoda y me mira. Se adelanta. Soy animal enfermo. Ha de escuchar mi respiración, mis ojos vidriosos y mi soledad. Huele a agua y con eso se hace inminente la lluvia. –Así aprendí de niño: podíamos jugar mientras unían fuerzas y se ennegrecían las nubes, pero una vez oliendo a agua había que correr para llegar de la unidad deportiva a casa sin mojarse.

Esta tierra solo tiene huella de carros, no hay evidencia de paso de bicicletas, de animales de corral, de perros, no hay rastro de pisada humana, y me inflama el pecho. Me siento a la conquista, en la fantasía del descubrimiento de una tierra virgen. Vuelvo a trotar, dobla la curva y se abren los matorrales, a la izquierda hay un charco del tamaño de unas cuatro casas (medidas urbanas). Hay muchos patos en formación. De un sauce llorón mucho más grande de lo normal levanta el vuelo otra ave de alas majestuosas también, plumaje blanco en la panza; quizá un gavilán o una lechuza que desperté antes de hora. Los patitos se espantan y se hacen bola en una orilla, otros levantan vuelo también.

Mi propio vaho me sorprende. De mi hombro se levanta más vapor de agua. Estoy hirviendo. Respiro agitado, me entra el aire helado a los pulmones. Dejo el charco atrás, a unos trescientos metros me encuentro entre sembradíos de alfalfa y sistemas de riego. Una hacienda al fondo. Ahora sí es momento de regresar. Doy vuelta en u. Sorprendente cómo el regreso siempre parece más rápido, el charco y las aves que se levantan; los matorrales y los mezquites; la finca de adobes, los nopales y las flores muertas. Voy a prisa, hay que volver a casa. La lluvia me enfría, ya no vaporizo como al principio. No sé si es agua o sudor. Sufro el último kilómetro. Me sobrevuela la enorme ave, parece más bien un zopilote. Me mira sufrir con el rabillo. Baja más y más. Tengo que  caminar, el dolor de caballo me hizo la mala. Le alcanzo a ver el pico y el color de las garras. Me pasé del entronque. Le entierra las garras a un poste de luz, ya no me sigue. Me doy la vuelta, ahora yo soy quien se acerca. Despacito, con pasos cortitos, no hago ruido. Es hermoso. Abre las alas enormes y emprende el vuelo de regreso para allá donde no hay más cables de luz.

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